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Cuando dices «pelota»: ¿qué aparece en la mente de tu perro?

28 sept
4 min de lectura

Actualizado: 3 oct

Perro golden retriever jugando con una pelota al aire libre.

Estás en el living y preguntas: «¿Dónde está la pelota?». Tu perro levanta las orejas, te mira y sigue echado. La pelota está a unos metros, perfectamente visible. ¿No entendió? ¿No tiene ganas de jugar? ¿O entendió algo distinto de lo que tú esperabas?

La escena es cotidiana, pero encierra un problema para quienes estudian cómo aprenden los perros: si un animal no hace lo que le pedimos, ¿cómo sabemos si no comprendió o simplemente no quiso hacerlo?

Imagínate que alguien evaluara si conoces la palabra «paraguas» mirando únicamente si te levantas del sillón para ir a buscar uno. Podrías saber perfectamente qué significa y preferir quedarte sentado. Con los perros, interpretar una respuesta —o su ausencia— también exige cuidado.

En 2024, un equipo de la Universidad Eötvös Loránd, en Hungría, buscó una manera de explorar esa diferencia sin pedirles que trajeran nada.

Una palabra, dos posibilidades

Los investigadores reclutaron 27 perros cuyos tutores señalaban que conocían nombres de objetos. Cada familia seleccionó cinco objetos familiares y calificó cuánto conocía su perro el nombre de cada uno.

En el laboratorio, colocaron pequeños sensores sobre la cabeza de los perros para registrar su actividad cerebral mediante electroencefalografía, o EEG. Los animales permanecían despiertos: los sensores captaban señales eléctricas desde la superficie, sin necesidad de sedación.

Después venía la prueba. El perro escuchaba una grabación de la voz de su tutor nombrando un objeto y, a continuación, veía uno. En algunas ocasiones, palabra y objeto coincidían: escuchaba «pelota» y aparecía su pelota. En otras, escuchaba la misma palabra, pero veía un juguete diferente.

¿Por qué hacer esa comparación? Piensa en lo que ocurre si alguien dice «te traje una taza» y saca un zapato de una bolsa. Para notar que algo no calza, antes tuviste que relacionar la palabra con aquello que esperabas ver.

Los investigadores querían saber si encontrarían una señal de esa diferencia en los perros. Tras descartar registros con interferencias o con muy pocas repeticiones utilizables, pudieron analizar los datos de 18 animales.

Cuando lo que aparece no calza

La actividad cerebral fue distinta cuando el objeto mostrado no coincidía con la palabra escuchada. La diferencia apareció poco después de mostrarlo, aproximadamente entre dos y seis décimas de segundo. En el análisis del grupo, además, fue mayor para los nombres que los tutores consideraban mejor conocidos por sus perros.

En las personas, una discordancia de significado puede producir una respuesta cerebral llamada N400. Su nombre alude a una señal que suele aparecer alrededor de 400 milisegundos después de aquello que estamos interpretando.

En los perros, la diferencia apareció en un intervalo parecido, aunque la señal no tuvo la misma forma que la N400 humana. Por eso, los autores plantean una semejanza, pero dejan abierta su explicación exacta.

Lo interesante es lo que esa diferencia permite proponer: escuchar una palabra familiar podría activar una expectativa sobre el objeto que vendrá después. Cuando aparece otro, el registro cerebral cambia.

Eso ofrece una pista que una prueba de «anda a buscar la pelota» podría pasar por alto. El perro no tuvo que levantarse, elegir un juguete ni entregárselo a nadie para que los investigadores detectaran esa respuesta.

Una pista sobre palabras conocidas, no sobre todo el lenguaje

El resultado no significa que los perros entiendan cualquier cosa que les digamos. El estudio trabajó con objetos individuales y familiares. No probó, por ejemplo, si un perro que reconoce su pelota entiende que la misma palabra también sirve para una pelota nueva, de otro tamaño o material.

Tampoco evaluó comprensión de oraciones o gramática, ni permite saber exactamente qué se representó cada animal al escuchar el nombre.

Hay otras razones para mantener la conclusión acotada. La muestra final fue pequeña y solo incluyó a los perros que aportaron suficientes registros analizables. Además, el conocimiento de las palabras fue informado por los tutores, sin una prueba independiente que lo confirmara.

Los investigadores también exploraron si la respuesta cerebral se relacionaba con la cantidad de nombres que, según sus tutores, conocía cada perro. No encontraron una relación estadística clara. Eso no demuestra que el tamaño del vocabulario sea irrelevante; con estos datos, la pregunta sigue abierta.

Qué nos enseña este estudio en PetSense

Volvamos al living. Tu perro sigue echado y la pelota continúa a unos metros. Ahora tenemos una razón más para evitar una conclusión apresurada: que no vaya a buscarla no basta para saber si reconoció la palabra.

Quizás aprendió su nombre, pero no la acción de traerla. Quizás hay una distracción o no le interesa jugar en ese momento. El experimento no permite resolver un caso particular, pero ayuda a distinguir dos cosas que solemos mezclar: reconocer lo que nombramos y responder como esperamos.

En PetSense, esa distinción nos invita a observar qué estamos enseñando y qué le estamos pidiendo al perro. Como orientación educativa —no como una estrategia probada por este estudio—, usamos señales consistentes, situaciones claras y reforzamiento positivo, respetando su disposición a participar.

Si queremos que aprenda el nombre de un objeto, conviene que pueda identificar a cuál nos referimos. Si además esperamos que lo traiga, hay otra habilidad que acompañar. Para nosotros ambas cosas caben en una frase; para el perro pueden implicar aprendizajes diferentes.

La próxima vez que digas «pelota» y recibas solo una mirada, quizás valga la pena detenerse un momento antes de repetirlo más fuerte. Esa mirada no nos cuenta todo lo que ocurre, pero puede ser el comienzo de una pregunta mejor: ¿qué ha aprendido mi perro y cómo puedo ayudarlo a comprender lo que le estoy pidiendo?

Fuente primaria

Boros, M., Magyari, L., Morvai, B., Hernández-Pérez, R., Dror, S., & Andics, A. (2024). Neural evidence for referential understanding of object words in dogs. Current Biology, 34(8), 1750–1754.e4.

 
 
 

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